Experiencias 3 "Desahogo emocional y Catársis"

 

COMO FUE CORRESPONDIDO MI ESFUERZO EN EL CUIDADO DE A MI TIO CHANO,  Y EN LA OPERACIÓN Y REHABILITACIÓN DEL RANCHO.  19 MESES DE TRABAJO Y SOSTENIMIENTO FINANCIERO

Desahogo emocional y catársis

En fin, ya no hay marcha atrás,  aquí los espero mientras evalúan otras estrategias para ver si les es posible quedarse con todo sin corresponder con  nada.  Yo perdí lo que invertí,  se ha dañado gravemente la relación con ustedes como nunca había sucedido, he descubierto cosas terroríficas de mi gente más cercana, que preferiría ignorar y nunca haber conocido.  Y de pronto aquí estoy, enganchado, perdiendo mi tiempo, queriendo comunicarme con quienes no está dispuesto a escuchar, rogando por respeto, amachado a no acatar su autoridad irracional y abusiva, y no permitir que consigan sus deseos retorcidos por ser amenazado y mostrar mi cobardía, o bien, convencerme que no vale la pena este conflicto en ningún sentido.  Al respecto,, también el orgullo domina a mi lógica, por exponerme al maltrato de quienes dicen amarme y detonar mis traumas afectivos  La hermosa paz y la expansión espiritual que tanto disfruté mientras estuve en el rancho, hoy se ha convertido en la resurrección de experiencias horribles que sufrimos cuando estábamos niños y que pensé que ya habían sido superadas.   Nadie gana, todos perdemos.  Eso prueba, que los comportamientos trastornados no  hacen nomas que traer sufrimiento, problemas, y no permiten el progreso. Lo único que les interesa es joderme financiera y emocionalmente, pisotear mi dignidad y engancharme en una competencia de quién resulta el ser más vil de todos nosotros.   Qué pensaría nuestra familia si se enteraran de esta forma de proceder e interactuar tan tóxica y malintencionada en la que nos enredamos.  Es profundamente vergonzoso. Me pregunto qué es lo que haría mi abuelo si estuviera en mi lugar.  

Empiezo a lamentarme el haberme acercado a ayudar. El dinero no importa, me siento profundamente orgulloso de lo que hice y de mi forma de proceder.  No tengo nada de qué avergonzarme, y por ello siempre doy la cara, respondo por las cosas, los afronto directamente  y estoy dispuesto a someter todo esto al escrutinio público.  Defenderme de sus acusaciones absurdas me es muy fácil.  Dar coherencia al su comportamiento reciente es prácticamente imposible. s para todos claro lo que pasa, porque  ya todos conocemos como suele proceder la tradición familiar y las trampas de mi Tío Chano:  todos la hemos vivido y todos sin excepción estamos hartos de ello.  Inclusive ustedes fueron también víctimas de eso, y ahora les parece bien convertirse en victimarios. Ahora también heredaran esa fama de Él, es decir, su legado más negativo, odioso e indeseable.

Sin embargo mi Tío Chano vivió toda su vida en el Rancho, dedicó su vida al Rancho,  lo construyó con sus propias manos y empleo toda su energía vital en ello.  Todos admiramos el extraordinario ranchero que fue, el jinete perfecto, el  lazador inigualable, el campero infalible, todo un vaquero completo y distinguido, un auténtico hombre de rancho, como lo fue mi abuelo. Es el último ranchero.  Su trato nunca fue despectivo con los demás, nunca perdió el estilo, nos enseñó todo lo que sabemos y la convivencia con Él jamás fue  desagradable, ni violenta, ni ofensiva.  Por eso, todos sin excepción, aún a pesar de sus comportamientos erróneos,  siempre respetamos su autoridad sin ninguna discusión ni duda, porque era auténtica,  se la ganó con el sudor de su frente, su perseverancia, su trabajo, y en muchos sentidos fue una persona ejemplar y digna de admiración.  Un ser humano después de todo.   Por desgracia, ninguno de nosotros completaremos nunca sus virtudes, nuestra manos nunca trabajarán tanto y nunca dedicaremos tanto tiempo y esfuerzo en el Rancho. Nunca nuestra perseverancia podrá compararse con la de aquel hombre, que venció todos los obstáculos, las sequías, las desgracias, las quiebras financieras, y siempre cuando fue ayudó a quién tuvo alguna necesidad apremiante. Así como gozó de autoridad, también asumió toda la responsabilidad del rancho y así vivió siempre hasta que  murió,  en la raya, como se muere un caballero y logró preservar todo cuanto le fue confiado.

 Cumplió el compromiso que le legaron sus padres a cabalidad, sin titubear, y siempre mantuvo su fe inquebrantable en ello.   Nosotros, desde nuestro privilegio,  que nunca hemos aportado nada verdaderamente trascendente al rancho, antes bien, solo hemos gozado de sus bendiciones, ahora nos pavoneamos exigiendo su autoridad, mientras nos destrozarnos por tonterías intrascendentes, poniendo nuestro ego por delante, exigiendo el respeto sin demostrar nada que nos haga merecerlo, mientras la hierba crece en el patio de nuevo, mientras destruimos lo que con tanto esfuerzo nos legaron, mientras nos peleamos por el peso por el que nada hicimos y nunca trabajamos, desde nuestra codicia, de manera avariciosa, egoísta y soberbia.   Nosotros, que no tenemos ningún mérito, que somos holgazanes, sin visión del fututo, sin responsabilidad alguna, sin visión, sin compromiso, sin fe.   Si no nos sentimos avergonzados por todo esto, es que somos unos sinvergüenzas, que preferimos distorsionar los hechos antes que asumir alguna responsabilidad por nuestros actos, antes que mostrarnos honorables, dignos y agradecidos. Preferimos gritarnos, acusarnos denostarnos, humillarnos, antes que agarrar la pala, las pinzas o el caballo, y avanzar con convicción en darle dignidad y gloria al pedazo de naturaleza que nos bendice, con la perseverancia y la fe que nuestros ancestros nos legaron como ejemplo.  Nuestro espíritu y nuestra fe están tan extraviada, que no nos permite concentrarnos el corresponder con las bendiciones y oportunidades que el rancho nos regala.  Mostramos tan poca categoría que no podemos ni escucharnos unos a otros, que nos dedicamos mejor a hablar mal y levantar falsos de nuestros semejantes siempre a sus espaldas, como enemigos y traidores.  Tenemos tan poca clase que ni siquiera nos preocupamos por mantener la compostura y mostrar nuestra educación, y preferimos ser cínicos, mentir en nuestra propia cara, amenazarnos, violentarnos, degradarnos y pelear sin honor. 

Somos tan viles, que no hemos sido capaces ni de cumplir el último deseo de quien nos heredó todo, que nos encargó con su último aliento y fue su único interés y pendiente antes de dejar este mundo, que pudo soltar cuando escucho la promesa de que ello sería cumplido.  No imagino algo más ruin, que, aun teniendo la facilidad de cumplir dicha promesa, después de recibir un tesoro abundante, se niegue a cumplir su promesa, nomás por que no se le da la gana.   Ya imagino que estará pensando mi Tío Chano de cada uno de nosotros, viéndonos con desprecio y dándose cuenta que no tenemos la altura espiritual ni para corresponder con migajas su último y más grande deseo.  Si somos capaces de hacerle eso al dueño y benefactor de todo, que podemos esperar los demás.  No es por ser mucho o poco, no es por su complejidad ni facilidad, es por un egoísmo enfermizo y degradante.

Lo que de pronto me atormenta y me hace dudar de la conveniencia de haberme acercado y tender mi mano a mi familia más cercana, y aportar al rancho y al legado alguno de mis recursos y talentos, no es el dinero ni mi tiempo tampoco, ese siempre es recompensado de alguna forma por la sabiduría del cosmos, cuando se hace con honestidad y gallardia. 

 Lo que lamento profundamente es haberme sometido a la experiencia amarga y dolorosa de sentir el desprecio que muestran conmigo mi Madre y mi Hermano, cuando estamos solos, en donde mi hermano solo me grita con profunda ira y actitud amenazante, y mientras tanto mi madre observa como soy tratado de manera tan inadecuada y abusiva,  mientras guarda silencio, para después que termina y logro escabullirme sin engancharme, sin ofenderle y sin humillarle, aún mi madre viene y me acusa con sadismo de haberle hecho a mi hermano, lo que el acababa de hacerme a mí, culpándome por sus actos, bajo una mirada perdida de trastorno y desprecio.  Nada les he hecho y en nada les he ofendido, antes bien, me esforcé por regalarles algo hermoso y valioso de mí para que lo gozarán y les provocara ánimo cuando estuvieran en el Rancho.   Sé que ese comportamiento no es resultado de mis actos, sino de los suyos, y me lastima profundamente ver como mi madre se somete a la maldad de mi hermano, y la apoya, y la incentiva y la refuerza, humillándome y ofendiéndome de tal suerte que logre hacerme sentir de la peor forma que le sea posible, para luego quedarse en silencio y fingir que nada de eso ha pasado.  Qué pena conocerles de nuevo a través de esa faceta, y que desdicha haber tenido que presenciar ese espectáculo grotesco de manera reiterada. Ruego a Dios no volver a ver jamás algo similar. 

Ahora esa experiencia intenta contaminar mis recuerdos, aquellos que siempre he guardado y que visito de manera recurrente cada y cuánto.  Como aquel recuerdo en el que mi madre aparecía, cuando le extrañaba allá cuando andaba lejos, y que me remitía a mi niñez, donde le veía lavando los trastes o trapeando, mientras cantaba a todo pulmón con la música de Lola Beltrán o Rocio Durcal a todo volumen, con aquella voz extraordinaria y poderosa que me hacía siempre sentir dichoso pues compartía al cantar su alegría de vivir. 

O esa otra,  donde al recordar a mi hermano siempre me remite a cuando éramos niños y teníamos que tomar el camión muy temprano en la mañana para ir a la primaria a veces aún obscuro y con mucho frio, pero siempre me tomaba de la mano conduciéndome por el camino y cuidándome al cruzar las calles, mientras caminábamos a la parada, mientras compartíamos nuestra esperanza de que ese nuevo día nos volviera a tocar subirnos al panamericana 666, porque manejaba muy rápido y siempre llegábamos más pronto y cuando sucedía, nos sentíamos con suerte y nos resultaba divertido, como si nos estuviéramos subiendo a un juego mecánico   Ahora que lo escribo, me pregunto porque nunca había asociado el número del camión con algo maléfico.  Nunca me había sucedido, nunca hasta este momento.

Ahora agradezco más que nunca haber tenido la valentía de abandonar mi casa y mi familia, para fugarme hacia una aventura completamente novedosa y  muy lejana y diferente a todo aquello que significó mi hogar infantil y juvenil.  Logré enterrar en el olvido aquellos recuerdos de experiencias tan amargas como jamás, hasta este desafortunado encuentro, volví a sufrir.

 Tener que presenciar la maldad y la perversidad en el comportamiento de mi madre y mi hermano, trajo de nuevo a mi mente los recuerdo de aquellos días en que mi padre aún convivía con nosotros, y los cuales de pronto aquel hogar, que aparentaba ser el refugio pacífico  y seguro para un niño que apenas despertaba al mundo, de pronto se convertía en un infierno, y a pesar de que me escondía y nunca mis ojos dieron cuenta de lo que ahí asaba, no podía evitar escucharlo, sin tener idea de cuánto duraría y cuan grave pudiese ponerse, me sentía muy asustado, con un miedo profundo y aterrador, ahí escondido, rogando a que pronto pasara todo.  Cuando terminaba, volvía la aparente calma, siempre tensa y frágil,  siempre con el  riesgo inminente de romperse y de nuevo  volver a convertirse en el infierno que tanto miedo me causaba.  

También he recordado como muchas veces por las mañanas, siendo un pequeño, cuando mi abuela me llevaba un biberón calientito y me lo empezaba a tomar, aparecía mi hermano, mucho más grande y fuerte que yo, y me lo arrebataba para luego esconderse debajo de la cama y se lo tomaba todo,  a pesar de mi llanto y mis gritos, y nunca nadie hacía nada para evitarlo.  Luego otras tardes, cuando los demás se descuidaban, me tomaba de la mano y me llevaba a nuestro cuarto, entrecerraba la puerta, con violencia me obligaba con a entrar debajo de una de las camas, para después ahí hacer de mi lo quisiera:  me sometía, me inmovilizaba subiéndose arriba de mi, y después me desabrochaba la ropa, me manoseaba, metía sus dedos en mi, bajaba mi cabeza por la fuerza hasta la altura de su pene, y luego,  mientras me torcía un dedo hasta que con el aumentando la  intensidad del dolor se hacía insoportable me doblegaba y me obligaba a abrir la boca, luego me violaba.  Me  ultrajaba de cualquier forma que le diera gana, me sometía, se subía arriba de mí y me lastimaba de la forma que se le ocurriera, sin que yo pudiera hacer nada.   Recuerdo que me amenazaba con hacerme algo más doloroso si lloraba por el dolor mientras me estaba lastimando.  Muchas veces no aguantaba y soltaba el llanto con todas mis fuerzas y gritaba con todas mis fuerzas y mi rabia.  Nunca nadie corrió a mi auxilio, nadie me defendió alguna vez, nunca alguien me saco de por debajo de esa cama mientras todo aquello sucedía y castigo a mi hermano, nunca nadie regaño a mi hermano, nadie le reclamo por algo, nunca nadie se dio cuenta de nada, aunque muchas veces veía a mi madre como asomándose, o pasaba su sombra tras la puerta.  Eso era muy confuso, me provocaba mucha rabia e impotencia y no sabía que lo correcto era que alguien más, que mi madre,  debía tener la responsabilidad de defenderme y castigar a mi agresor.   

Mejor así, porque gracias a ello de alguna forma logré imaginar que nadie había visto aquello nunca,  y me podría permitirme creer que también nunca había sucedido, y entonces al nadie saber nada, era seguro que no me tendría que enfrentarme a la vergüenza, a la culpa y a la frustración de  que otros supieran de estas experiencias, porque si yo nunca le contaba a nadie, mi hermano menos lo haría.  Funcionó muy bien porque me permitió darle inexistencia a esas experiencias, aunque eso fuera falso. Le di valor de mentira e ilusión a esas experiencias escondidas.  Esa forma de reprimir mi vergüenza tomó sentido y posibilidad ya que pude asignarle una lógica. Después maquille mis recuerdos para que se confundieran entre mis recuerdos vagos, y me propuse desaparecerle, repitiéndome que solo era parte de una escena difusa e inconexa de un sueño remoto y obscuro de otros tiempos. No recuerdo cuando deje de hacer eso cada vez que ese recuerdo aparecía, pero su frecuencia fue disminuyendo y entonces fui olvidando. 

Posteriormente, cuando de manera espontánea aparecía ese recuerdo de nuevo, solo estaba aquella cama vacía, que de vez en vez, cuando no lograba deshacerme rápido de la imagen, se trasformaba y aparecía  yo ahí bajo la cama.  Sin embargo nunca más aparecía mi hermano en ese recuerdo, aunque ahora que lo narro siempre supe  que estaba ahí escondido y enojado, pero ya no estaba abusando de mí, pues tenía miedo y ya no se acercaba jamás, y ahora sé por qué. 

Recuerdo que ante la impotencia y la rabia que se acumulaba en mí a través de algún tiempo, al no poder evitar que mi hermano Humberto siempre terminara sometiéndome y haciendo conmigo lo que se le pegara la gana a pesar de mi lucha constante, de mi llanto y  mis gritos,  de mi enojo creciente, que se exacerbaba más aún cuando veía que nadie me defendía, que veía a  mi madre como de pronto espiaba, que tenía la sospecha de que lo sabía y a pesar de ser consciente y testigo de lo que ahí pasaba, solo en ocasiones  entraba, cuando aquel ya había terminado conmigo, pero de último recurso le daba una patada y empezaba a llorar,  o bien el mismo le gritaba para que fuera por él. 

Cuando eso sucedía, mi madre entraba y empezaba a hacer a regañarme a mí por el berrinche que estaba haciendo, acusándome de no tratar bien a mi hermano y lastimarlo, de no quererlo   Inclusive a veces me acusaba de maltratarlo y golpearlo mientas me pegaba un par de manotazos.  Yo tendría en ese entonces entre 3 y 6 años, y era pequeñito, de complexión normal o quizá algo flaco, mientras que mi hermano es mayor que yo por 4 años, por lo que él tenía entre 7 y 10 años, y aunque no era muy alto, por lo menos doblaba mi estatura, con una complexión de niño obeso. 

Después de que mi madre ocupara su mano para darme de manotazos en la cabeza o en la cara, los dirigía hacia mi hermano estirando sus brazos hacia Él, y con esfuerzo lo levantaba del piso,  para luego abrazarlo como si lo estuviera protegiendo.

Ya ahí, entre sus brazos, que encerraban tiernamente a mi cínico abusador,  empezaba a acariciarlo y a consolarlo con su voz infantilizada, repitiéndole ¡Qué le hicieron a mi hijo precioso!  ¡que le hicieron! a lo cual Humberto balbuceaba algo que no alcanzaba a distinguir, para luego, ya menos agresiva que cuando recién entró, me repetía que no debía hacerle eso a mi hermano, que me portara bien, que jugara bonito, y que no debería de volverlo a hacer, porque si no me iba a castigar.  Y luego me preguntaba, cada vez con más calma, verdad que ya no vas a hacer con tu hermano?, verdad que ya no le vas a pegar? Y yo respondía ya sin ninguna ira que no, y movía mi cabeza en negación.  Luego se volvía a dirigir a Él sin dejar de acariciarlo, y le decía: ya vez mi amor ya dijo que ya no te va a hacer nada,  que ya se va a portar bien, ya no te preocupes, ya no va a pasar otra vez.

  Eso provocaba que mi hermano se tranquilizara completamente y de pronto me parecía como si fuera un bebé gigante.  Y luego le decía, ya paso mijo, ya paso, y le daba palmadas en la espalda para luego preguntarle invariablemente, no quiere que le haga algo de comer, no tiene hambre mi Rey?  Ante lo que siempre asentía. 

Luego salían así abrazados del cuarto entrecerrando la puerta tras de sí de nuevo, mientras los escuchaba como se alejaban rumbo a la cocina.   Muchas veces ahí me quedaba solo, aún debajo de la cama, como descansando, sintiéndome mucho mejor ahora que mi hermano ya no estaba ahí. Por fin estaba de nuevo a salvo.  Las primeras veces que llegaba mi mama tras encuentros similares y procedía de esta manera, me sentía desconcertado, pero no sentía realmente rechazo, porque mi madre en aquellos tiempos más bien me ignoraba siempre y no era cariñosa, a no ser que estuviéramos en público.  Mi abuela se hacía cargo de mí casi todo el tiempo, la cual vivía ahí en la casa con nosotros.  

No recuerdo cuanto habrá pasado, pero después de un tiempo, empecé a ver todo aquello con claridad, y pude distinguir como mi hermano podía hacer lo que quiera y reclamar lo que quiera y todos le hacían caso,  y además le permitían cualquier cosa, hasta abusar de mí, sin reprenderle o castigarle.  Lo que provoco en mí aún más coraje, rabia, fue cuando entendí como mi madre me culpaba de todo lo que mi hermano hacía, y además también me regañaba y me pegaba.  Eso fue generando en mi más fuerza, más rabia y más determinación, lo que también fue teniendo mejores resultados.  En cada encuentro posterior, luchaba cada vez con mayor fuerza, y oponía más resistencia y mi hermano batallaba más y eso le frustraba, también le hacía enojar aún más, por lo que me golpeaba cada vez con más fuerza, tan duro como podría, lastimándome aún más.  Una de esas veces, al sentir un dolor muy profundo con sus golpes, mi reacción instintiva de defensa fue morderlo fuerte en el brazo,  y lo he de ver hecho con tantas ganas, que de manera inmediata y como por arte de magia hizo un movimiento brusco  para retirar su brazo y alejarse, a la vez que soltó un chillido y empezó a llorar muy fuerte.  

Supe que había logrado lastimarlo bastante, lo suficiente como para que hubiera suspendido de manera permanente la sesión abusiva. Había encontrado por fin una forma eficaz de defenderme.  A partir de ahí, cada que se me acercaba con la intensión de abusar de mí, o bien de quitarme algo, o hacerme sentir incómodo, inmediatamente lo mordía con todas mis fuerza y entonces lograba lastimarlo.  Aunque tuviera mucha mayor fortaleza que yo y me golpeara muy fuerte, mis mordidas eran también muy dolorosas, por lo que, si quería abusar de mi, tendría también que someterse a un dolor intenso a cambio.  Muchas veces llego de nuevo mi madre, y ahora sí que había pruebas contundentes de que yo lo había agredido, porque siempre se quedaban mis dientes marcados en su piel.  A veces inclusive, sangraba un poco y le tenían que poner algún curita.  Obvio que a mí me regañaban y muchas veces mi mama me pegaba muy fuertes y me gritaba mucho.  Incluso también mi Papá me pego una vez.  Pero ya para entonces eso no me importaba, porque estaba acostumbrado al dolor pero  también había descubierto un poder, que me hizo capaz de defenderme de mi Hermano gordo aprovechado, y eso cambió radicalmente mi vida. 

Él ya nunca más pudo llevar debajo de la cama, nunca me volvió a violar o a someter como su pasatiempo de la tarde.   De hecho me agarro miedo, y luego poco a poco dejo de tratar de pegarme también y al paso del tiempo nuestra relación fue más convencional.  En ese tiempo también fue cuando mi Padre ya llegaba completamente borracho todas las noches, y empezó a golpearla con más frecuencia.  Mi madre un día de esos, decidió salir corriendo con nosotros y huir de ahí.  Recuerdo muy bien que cuando nos salimos de la casa, mi mama iba muy apurada y nosotros íbamos tras ella con rumbo de la parada de camiones.  Pero de pronto se escuchó la puesta de la casa abrirse con violencia y el grito de mi padre: A donde crees que vas Licha?  Mi mamá al oírlo empezó a correr y nosotros corrimos tras ella y en eso la suerte nos sonrió a todos,  el camión iba pasando por la calle y de hecho casi nos atropella, pero  me imagino que inmediatamente se dio cuenta de la situación porque freno su camión y no abrió, la puerta y nos subimos. 

Recuerdo haber visto a mi Padre parado en la cochera, con su cara enfurecida viendo como por fin mi madre se atrevió a dejarlo, y nos llevó junto con ella.    Nunca más volvimos a vivir juntos los cuatro bajo el mismo techo y eso mejoró nuestra vida de manera radical, por lo menos así fue como yo lo sentí. A partir de que empezamos a vivir en la casa de una Tía que vivía en otro y no estaba ocupada, dejé de vivir en el infierno, y ahora la vida nos entregaba a una nueva aventura que transformó la dinámica familiar de manera radical, y entonces me sentí más seguro, más amado, más valiente y más útil, y dejé de ser un niño invisible y abusado.   

De manera personal, siento que fui yo el más beneficiado de este cambio, principalmente porque a partir de ahí mi relación con mi madre dio un giro de 360 grades.  Ella me empezó a tratar con mucho amor y cariño, me dedicaba mucho tiempo, ´platicaba mucho conmigo, me llevaba a pasear e inclusive empecé a dormir con ella, en su cama de manera regular, lo cual hice durante mucho tiempo. A pesar de que siguieron presentándose otros episodios difíciles, que eran causados por mi Padre y su alcoholismo crónico, esto dejó de ser cotidiano y después dejamos de verlo durante largos períodos de tiempo.  También mii relación con mi Hermano fue completamente diferente, tanto que ni siquiera yo podría imaginar que alguna vez fue de esa otra forma.  Sin embargo siento que mi Hermano lo resintió bastante, porque ahora era a Él a que regañaba sin razón, dejó de ponerle atención y se volvió huraño.  También favoreció que empezamos a tener una relación más frecuente con la familia de mis madres, principalmente con mis familiares que atendían el Rancho de mis abuelos, lo que me permitió conocer más personas, hacerme amigo de mis primos y primas, ayudar en el rancho a mis tíos, acompañar a mi abuelo a andar en caballo, etc. 

 Podría decir que fue entonces que mi vida se “normalizo” y dejó de ser tan tóxica y tormentosa, ya no sentía el coraje y la ira, y no tenía que defenderme de nadie porque no me sentía agredido.  Así tampoco volví a ser sometido a humillaciones y desprecios de mi Madre nunca más, hasta ahora que aparecieron de nuevo, justo cuando ya tenía la certeza de que todo aquello había sido enterrando  para siempre.  De hecho, siempre que pienso  en mi vida y mi familia de origen, pienso en ese período de tiempo, donde mi Padre ya no formó parte y empecé a tener una madre disponible.  Desearía nunca haber recordad de nuevo esa faceta que ahora, con motivo de su herencia en el Rancho, ha aparecido, solo que en esta ocasión mi madre me asignó el personaje del chivo expiatorio, y a mi hermano lo convirtió de nuevo en su niño de oro.  Al evaluar esta historia, y al ser complementad con las dinámicas de la madre narcisista encubierta, y el hijo narcisista,  No me queda duda de, con nuestra historia de vida, es natural que se presente en nuestra familia trastornos de la conducta y de  personalidad.  Ojalá y esto nos permita terminar de reproducir esas historias entre las generaciones.

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